Frankenstein: La obra maestra de Mary Shelley

Es el año 1816, la bombilla incandescente ni siquiera se ha inventado, aún faltan siglos para que se descubra que la vía láctea no es el universo mismo, sino una parte minúscula de él, la fotografía aún no se ha inventado, Neptuno, ni el DNA se han descubierto, la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica ni siquiera han sido pensadas, en este contexto de estrecho conocimiento, una noche de tormenta, en una casa cercana al Lago Lemán, justo entre la frontera de Suiza y Francia, una joven Mary Shelley de 18 años, idea la historia de una criatura marginal, anticipando la ciencia ficción y desafiando dilemas éticos sobre el límite de la ciencia, o incluso la tecnología.

 

¿Cómo una jovencita concibió una idea tan horrorosa?

Según dicen, la infancia es destino y Mary creció rodeada de ideales y bajo circunstancias extraordinarias. Su padre William Godwin era un conocido filósofo y anarquista, su madre era nada menos que Mary Wollstonecraft, famosa por su texto “Vindicación de los derechos de las mujeres” que se considera uno de los primeros tratados feministas.

Mary creció con la figura de una madre ausente, pues esta murió a los 11 días de su nacimiento, su padre volvió a contraer matrimonio, pero su relación con su madrasta fue muy distante, la tumba de su madre era su rincón frecuente de lectura.

La tragedia la perseguiría, pues aunque se enamoró del poeta Percy Shelley (quien era casado) y se fugó con él a los 17 años, ella quedaría embarazada a la par de su esposa, quien tiempo después se suicidaría. Mary no logro concebir a esta hija, pero si a un segundo hijo William, aunque Percy moriría tiempo después ahogado. Pareciera ser que la autora traslado su experiencia de orfandad y tragedia a su clásico de terror gótico, a una criatura literaria que es rechazada y no tiene quien la comprenda.

La novela Frankenstein, el moderno Prometeo fue publicada por primera vez en 1818, sin firma, fue hasta el segundo tiraje cuando la autora se identificó, obteniendo un éxito casi inmediato… la historia apenas comenzaba.

No es sorpresa que esta novela sea relevante incluso 200 años después, pues el legado de Frankenstein es sumamente basto, en primer lugar, Mary sembró varios arquetipos que se convertirán en una constante en las narrativas de terror: el primero, el del doctor Frankenstein que en su afán de dar y romantizar la vida, crea a una criatura que desprecia; de igual manera, el monstruo solitario, rechazado y marginado, en su sed de venganza se convierte en un ser maligno. Arquetipos que también se encuentran en Drácula y en varias novelas de literatura de terror.

Además de que este monstruo es también la encarnación del miedo a lo desconocido, a todo aquello que no comprendemos y que sale del estándar. Pensemos en las adaptaciones para cine, teatro y televisión que se han hecho de esta criatura a lo largo de los años, cada una de ellas, se adapta a los miedos de cada época. Un argumento mutante, que incluso incursionó dentro de la ciencia ficción, pues de cierta manera Shelley tuvo una visión del futuro respecto a la clonación, las cirugías estéticas, extensiones artificiales o (en un futuro quizá cercano) la extensión de la vida. Existen una serie de videos animados en vimeo, donde científicos de varias ramas, explican la importancia de la novela en cada una de sus especialidades:

 

Incluso en los años 70´s la comunidad LGTB lo tomó como estandarte, así lo explica el cineasta Tony Nourmand: “A partir de los 70 determinados líderes de la comunidad LGTB se agarraron al monstruo para visualizar el problema que genera ser distinto en un mundo que siempre ha odiado la diferencia, se ha burlado de ella o la ha criminalizado. Frankenstein es un retrato del miedo a la singularidad, pero también un potentísimo antídoto contra la intolerancia. En mi opinión, ésa es la cualidad distintiva, el gran axioma que convierte a la criatura en algo relevante, no importan los años que pasen.”

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