Roberto Bolaño: la conexión entre vida y literatura

Poeta nacido en Chile y educado en México, lugar de donde sacó inspiración para algunas de sus novelas más icónicas, logró plasmar siempre las reflexiones personales que tenía acerca de la vida, la lectura, el amor y la muerte.

 Roberto Bolaño nació en Chile, y a la edad de 15 años se mudó con su familia a México en el 68, justo un poco antes de los atentados contra estudiantes en el gobierno de Gustavo Díaz Ordáz. 

Roberto abandonó definitivamente sus estudios a los 16 años para dedicarse completamente a la lectura y a la escritura. Años más tarde conoció a quien se convertiría en su mejor amigo, el mexicano Mario Santiago Papasquiaro, y con quién tiempo después fundaría el movimiento infrarrealista.

Bruno Montané fue uno de los cofundadores del movimiento, y años más tarde se sumaron escritores como José Vicente Anaya, Rubén Medina, Ramón Méndez Estrada, entre otros dando un total de 18 escritores precursores.

El movimiento tenía la intención de convertirse en una vanguardia, rompiendo con lo ya establecido, que en aquel tiempo eran por ejemplo los escritos de Octavio Paz. La poesía se caracterizaba por su cotidianidad, disonancia y elementos dadístas que incluía. Su mejor amigo, Mario Santiago le fue fiel por el resto de su vida, pero Roberto lo fue abandonando poco a poco por la prosa, pero siempre se consideró (y nosotros también lo consideramos) un poeta. 

Críticos y escritores, han analizado la obra de esta alma, encontrando que el estilo del escritor estuvo siempre fuertemente ligado a una estética melancólica. Esto pues, resulta innegable, y aquí dejaremos algunos poemas extraídos de varios de sus libros para confirmarlo.

 

LLuvia 

Llueve y tú dices es como si las nubes
lloraran. Luego te cubres la boca y apresuras
el paso. ¿Como si esas nubes escuálidas lloraran?
Imposible. Pero entonces, ¿de dónde esa rabia,
esa desesperación que nos ha de llevar a todos al diablo?
La Naturaleza oculta algunos de sus procedimientos
en el Misterio, su hermanastro. Así esta tarde
que consideras similar a una tarde del fin del mundo
más pronto de lo que crees te parecerá tan sólo
una tarde melancólica, una tarde de soledad perdida
en la memoria: el espejo de la Naturaleza. O bien
la olvidarás. Ni la lluvia, ni el llanto, ni tus pasos
que resuenan en el camino del acantilado importan;
Ahora puedes llorar y dejar que tu imagen se diluya
en los parabrisas de los coches estacionados a lo largo
del Paseo Marítimo. Pero no puedes perderte.

 

Los detectives 

Los detectives perdidos en la ciudad oscura.
Oí sus gemidos.
Oí sus pasos en el Teatro de la Juventud.
Una voz que avanza como una flecha.
Sombra de cafés y parques
Frecuentados en la adolescencia.
Los detectives que observan
Sus manos abiertas,
El destino manchado con la propia sangre.
Y tú no puedes ni siquiera recordar
En dónde estuvo la herida,
Los rostros que una vez amaste,
La mujer que te salvó la vida.

 

Sucio mal vestido

En el camino de los perros mi alma encontró
a mi corazón. Destrozado, pero vivo,
sucio, mal vestido y lleno de amor.
En el camino de los perros, allí donde no quiere ir nadie.
Un camino que sólo recorren los poetas
cuando ya no les queda nada por hacer.
¡Pero yo tenía tantas cosas que hacer todavía!
Y sin embargo allí estaba: haciéndome matar
por las hormigas rojas y también
por las hormigas negras, recorriendo las aldeas
vacías: el espanto que se elevaba
hasta tocar las estrellas.
Un chileno educado en México lo puede soportar todo,
pensaba, pero no era verdad.
Por las noches mi corazón lloraba. El río del ser, decían
unos labios afiebrados que luego descubrí eran los míos,
el río del ser, el río del ser, el éxtasis
que se pliega en la ribera de estas aldeas abandonadas.
Sumulistas y teólogos, adivinadores
y salteadores de caminos emergieron
como realidades acuáticas en medio de una realidad metálica.
Sólo la fiebre y la poesía provocan visiones.
Sólo el amor y la memoria.
No estos caminos ni estas llanuras.
No estos laberintos.
Hasta que por fin mi alma encontró a mi corazón.
Estaba enfermo, es cierto, pero estaba vivo.

 

Los perros románticos

En aquel tiempo yo tenía veinte años
y estaba loco.
Había perdido un país
pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar
ni estudiar en la madrugada
junto a los perros románticos.
Y el sueño vivía en el espacio de mi espíritu.
Una habitación de madera,
en penumbras,
en uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
y visitaba el sueño: estatua eternizada
en pensamientos líquidos,
un gusano blanco retorciéndose
en el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
Y aquí me voy a quedar.

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