¿Qué clase de procrastinador eres y cómo dejar de serlo?

No podemos negar que este es el mal de muchos y muchas.

Pareciera casi como en Black Mirror: Bandersnatch, que alguien nos maneja y sin que nosotros queramos o seamos conscientes, dejamos para después las tareas que nos corresponden.

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De esta forma es como nuestro trabajo de una hora en la oficina nos lleva toda una jornada de 8 horas, o nuestras dos horas de estudio se vuelven cero y al final terminamos reprobando nuestro examen o repasando 5 minutos antes de que empiece. Lo curioso, es que siempre se nos anteponen excusas que según nosotros hacen que nuestro retraso esté mejor justificado y así no sentirnos tan mal. Sin embargo sabemos de antemano que nunca nos sale bien, y terminamos maldiciendo y pensando: “si tan sólo hubiera comenzado a trabajar antes”, bla, bla, bla.

Los humanos tenemos una tendencia natural a eludir nuestras responsabilidades o en demorar el tiempo para realizarlas. Unos lo hacen como recompensa por haber concluido una tarea anterior; otros piensan que no hay que apresurarse demasiado en hacer las cosas porque «hay tiempo», y también los hay que disfrazan la procrastinación de productividad y hacen como que hacen, aunque en realidad no hacen nada.

Lo cierto es que, una doctora en psicología clasificó en tres los tipos de procrastinadores para evaluar sus conductas y encontrar las razones de su comportamiento para, posteriormente buscar una solución al problema.

Los que arrastran

Procrastinar es una forma como otra cualquiera de no enfrentarse a un problema. No siempre es la tarea que se debe realizar; puede ser también una situación desagradable asociada a esa tarea. Por ejemplo, hay gente que tarda años en acabar una carrera universitaria, no porque los exámenes sean difíciles sino por no querer enfrentarse al complicado mundo laboral.
Otros, por ejemplo, demoran poner fin a relaciones sentimentales insatisfactorias por miedo a enfrentarse a la soledad posterior a la ruptura. En ambos casos retrasar esa toma de decisiones genera en estos sujetos angustia y estrés, razones que demuestran que, en su caso, procrastinar no es una buena solución.

Los optimistas

Esta clase de procrastinadores ven todo de color de rosa, no precisamente en su vida, suponiendo que siempre estén felices, sino que consideran que las cosas que hay que hacer no son tan importantes y siempre hay tiempo para realizarlas. El hacer las cosas no depende de su estrés o angustia, pues consideran que su capacidad les permite solucionar las cosas en un parpadear.

En ocasiones, este tipo de perfiles no sufren con la procrastinación, sino todo lo contrario. Son personas que trabajan mejor bajo presión y que, para obtener buenos resultados, necesitan dejarlo todo para última hora. En este caso, como no hay malestar, el problema no es tan grave.

Los vagos

Este grupo procrastina porque son conscientes de que no quieren hacer otra cosa. Esta conducta llega a provocar conflictos en el ambiente en el que se desarrolla que muchas veces buscan la ayuda de sus amigos o compañeros y les piden hacer las tareas que por tanto tiempo llevan evitando hacer, o pedirles que resuelvan pendientes, lo que genera que la situación se extienda.

Cómo dejar de procrastinar

Acepta que estás procrastinando.
Demorar obligaciones se puede justificar de muy diversas formas. Por ejemplo, que se necesita descansar un poco más, que es una recompensa a un esfuerzo realizado antes o que hay tiempo de sobra. En lugar de seguir utilizando excusas, es mejor no engañarse, tener claro que se está procrastinando y, en último término, abordar la tarea.

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Elimina las distracciones.
¿No paras de consultar el móvil? ¿Instagram te impide concentrarte? ¿Te levantas con frecuencia a la cocina a picotear? Si es así, no lo dudes: desconecta el móvil, cierra Instagram y ve a trabajar a una oficina o una biblioteca que no tenga cafetería. Al evitar esas rutinas y distracciones, será más sencillo abordar las tareas pendientes y acabarlas satisfactoriamente.

Detecta el punto de inflexión.
Hay un momento en el que procrastinar ya no es agradable. Es ese instante en que el estrés por el trabajo no hecho, la angustia porque el tiempo se acaba o la comodidad en la que estamos hacen que retrasar las tareas no sea ya una buena idea. Cuando eso sucede, lo mejor es dejar de vaguear y ponerse manos a la obra.

Empieza por lo fácil.
Pasar del cero a cien en cuestión de segundos es complicado. Después de horas o días de procrastinación, no es posible intentar resolver las tareas pendientes inmediatamente. Por esa razón, es mejor comenzar por algo sencillo que permita hacer cada vez más cosas pero de manera paulatina.

Haz listas cortas de tareas pendientes.
Si tienes una larga lista de cosas pendientes, posiblemente te agobies tan solo de verla y no te animes a empezar a trabajar en ellas. Por eso, lo mejor es hacer listas de tres o cuatro cosas, tan solo aquellas que deben ser resueltas ese día. De esta forma, te parecerán más sencillas y, a medida que vayas cumpliéndolas, estarás más dispuesto anímicamente a emprender las siguientes.

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